Para Juan Sebastián Londoño, estudiante de Ingeniería de Sistemas y jugador del equipo de fútbol sala de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín, el deporte ha sido mucho más que una práctica física: se ha convertido en un espacio de formación personal, convivencia y corresponsabilidad.
Desde hace tres años hace parte del equipo universitario, un proceso que describe como “muy bonito”, porque le ha permitido crecer no solo como jugador, sino también como persona. En la cancha —explica— se aprenden valores que van más allá del resultado: el respeto, el apoyo mutuo y la importancia de construir colectivamente.

Su vínculo con el fútbol comenzó desde la infancia, cuando asistía a los partidos acompañado de sus padres. Al llegar a la universidad encontró en el equipo una oportunidad para continuar practicando el deporte que ama mientras avanza en su formación profesional. Sin embargo, con el tiempo comprendió que representar a la institución también implica asumir un compromiso con sus compañeros, con la comunidad universitaria y con los valores que allí se promueven.
“Para mí es un orgullo muy grande representar a la universidad, pero también es una responsabilidad. Cuando uno entra a la cancha no juega solo por sí mismo, juega por el equipo, por los amigos, por los compañeros y por todo lo que está detrás”, afirma.
En su experiencia, el ambiente dentro del equipo ha sido clave para fortalecer esa mirada corresponsable. Describe el grupo como unido y familiar, donde el apoyo y el respeto son fundamentales para alcanzar metas comunes. Esa vivencia le ha permitido comprender que el bienestar también se construye en la forma en que se relacionan los hombres entre sí, reconociendo emociones, gestionando los conflictos sin violencia y promoviendo el cuidado colectivo.
Desde su rol como deportista universitario, Juan Sebastián también envía un mensaje a quienes sienten temor de vincularse a estos espacios. Considera que el deporte es una oportunidad para enfrentar miedos, fortalecer la disciplina y encontrar redes de apoyo que hacen más llevadera la vida universitaria. “Lo importante es tener ganas y amor por lo que uno hace. Aquí uno mejora, aprende y se siente acompañado”, señala.
Para él, llevar el nombre de la Universidad Nacional en cada competencia es una forma de agradecer las oportunidades recibidas y de demostrar que ser hombre en la universidad también implica actuar con respeto, compromiso y corresponsabilidad. En el juego colectivo —como en la vida universitaria— entiende que el verdadero logro no está solo en ganar partidos, sino en construir relaciones más justas, solidarias y cuidadoras.
Porque, como lo ha aprendido dentro y fuera de la cancha, representar a la universidad también significa cuidar el equipo, cuidar los vínculos y cuidarse a sí mismo.