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Para Daniela, estudiante de Ingeniería Agronómica,  la educación y la agroecología son sus herramientas para defender el territorio, el cuerpo y el legado de las mujeres rurales.

 

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Ella lleva consigo el peso y el orgullo de ser una de las primeras mujeres de su familia en acceder a la educación superior. Originaria de Amalfi, Antioquia, se define con firmeza como una mujer campesina cuyas raíces guían su camino académico en la Facultad de Ciencias Agrarias. Asegura que estudiar Ingeniería Agronómica es más que una elección profesional: es un acto de memoria para honrar su linaje y su familia.

La transición del campo a la ciudad no fue sencilla. Daniela recuerda sus primeros semestres marcados por una timidez que la hacía "salir corriendo" de la universidad apenas terminaban sus clases. Sin embargo, su integración en grupos de investigación como Graeco (Agroecología) y, más recientemente, GESAS (Gestión de Territorios Agrarios Sostenibles), transformó su experiencia.

Bajo la mentoría de profesores como Juan Carlos Dávila, Daniela se involucró en proyectos de Huertas Multifuncionales, liderando sistemas de cultivo tanto en el campus El Volador como en comunidades locales y en la Escuela UNAL. Esta labor no solo la formó técnicamente, sino que la sensibilizó sobre conceptos vitales: soberanía alimentaria, sostenibilidad y, fundamentalmente, el cuidado.

 

El cuerpo como primer territorio

A través de los talleres y espacios ofrecidos por Bienestar Universitario, Daniela alcanzó una epifanía que hoy define su discurso: "Mi cuerpo es mi primer territorio". Esta visión le ha permitido dejar atrás la intimidación para encontrar una voz propia, una que "suena y resuena" con fuerza en los conversatorios sobre autocuidado y liderazgo femenino.

Para Daniela, el bienestar no es un concepto abstracto o meramente individual. Lo define como el derecho a sentirse cómoda en cualquier escenario, a tener una voz respetada y a no ser silenciada. "El bienestar es también reconocernos como mujeres cuidadoras de nuestros territorios", afirma, vinculando la salud mental con el acceso a derechos ganados históricamente por el movimiento feminista en Latinoamérica.

Daniela no pierde de vista la cruda realidad de muchas mujeres rurales en Colombia y el mundo. Con frecuencia reflexiona sobre la vulnerabilidad de aquellas cuyos derechos son vulnerados por falta de conocimiento o acceso a la información.

Su misión se enfoca en devolver al territorio lo que la universidad le ha brindado. Su lucha se centra en las mujeres campesinas y rurales de los rincones más apartados del país, donde la formación académica y la presencia profesional son casi inexistentes debido a las condiciones del territorio.

"Debemos continuar ese proceso de lucha que las mujeres nos han legado", concluye Daniela. Para ella, el éxito de graduarse como ingeniera es dejar un legado donde las mujeres que vienen tengan una participación aún mejor y derechos garantizados, asegurando que ninguna otra voz vuelva a ser silenciada.

 

Porque, como ella misma lo dice con firmeza, su voz tiene el mismo derecho de ser escuchada.
Y esa voz —marcada por la memoria, la dignidad y la ancestralidad— no está dispuesta a callarse.