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 “Soy una mujer negra, orgullosamente negra”Así se presenta Laura Marcela Mosquera Cobos, estudiante de Historia, quien ha hecho de su paso por la universidad un camino de afirmación, resistencia y memoria. Para ella, habitar ciertos espacios no ha sido sencillo: muchas veces ha tenido que justificar su presencia y responder preguntas que otrxs no tienen porqué responder.

 

Laura Marcela

 

Aunque nació en Medellín, con frecuencia le han preguntado por qué una mujer negra es de Antioquia, como si su existencia necesitara una explicación. Esa experiencia cotidiana le ha recordado que el racismo permea cada espacio de la sociedad. Sin embargo, lejos de silenciarla, ese cuestionamiento constante ha fortalecido su convicción de defender su identidad con fuerza.

En su vida, las mujeres han sido referentas fundamentales: su abuela, Isella Spitia, una enfermera cartagenera que dedicó su vida al cuidado de otras, y su madre, Sandra Cobos, a quien describe como la mujer más fuerte e inteligente que conoce, le enseñaron el valor del servicio, la dignidad y la perseverancia. De ellas heredó un carácter firme y un profundo sentido de justicia.

Laura Marcela se reconoce como una mujer de convicciones claras. No teme decir lo que piensa ni defender aquello que considera justo. Para ella, ese carácter —que muchas veces ha sido interpretado como incómodo o rebelde— es también una forma de honrar a las mujeres que vinieron antes. Su cabello, al que llama con orgullo su “corona”, es una expresión visible de esa identidad y de su vínculo con la ancestralidad.

Decidió estudiar Historia porque comprendió algo que le pesaba profundamente: durante siglos, la historia de los pueblos negros ha sido contada por otras personas. Su deseo es contribuir a narrarla desde otra mirada: la voz de una persona negra que le atraviesa la experiencia de vida y reconoce el peso del pasado en las realidades del presente.

Durante mucho tiempo fue la única mujer negra en su facultad. Hoy, ver a más estudiantes afro en la universidad le produce una alegría profunda. Ese cambio también la llevó a encontrar un espacio de comunidad en el colectivo Afro Estudiantil Muntú Bantú, donde ha construido lazos con otras y otros estudiantes negros que comparten la convicción de transformar la universidad en un lugar más justo y seguro.

Junto a su colectivo han impulsado iniciativas para enfrentar la violencia racista dentro del campus, trabajando en propuestas como rutas de atención frente a estas situaciones y campañas antirracistas. Su propósito es claro: que quienes lleguen después puedan habitar la universidad sin miedo, con la certeza de que su identidad será respetada.

Laura Marcela sabe que alzar la voz como mujer negra implica enfrentar múltiples formas de silenciamiento. El racismo y el machismo se entrecruzan, generando barreras que muchas veces buscan deslegitimar sus luchas. Aun así, insiste en algo que considera fundamental: las luchas por la dignidad no compiten entre sí.

En los momentos difíciles, la comunidad ha sido su mayor refugio. Sus compañeras y compañeros de lucha —a quienes nombra como familia— le recuerdan que nadie resiste en soledad. Porque el racismo hiere profundamente: no es una herida superficial, ataca la identidad, aquello que no puede cambiarse ni ocultarse. Como ella misma lo dice, no hay cirugía que borre lo negra, ni transformación que arranque la raíz de la corona. Frente a esas violencias, la comunidad se vuelve abrigo y fuerza para seguir.

Para Laura Marcela, la ancestralidad es su motor. Cree que la fuerza de quienes lucharon antes sigue acompañando a las nuevas generaciones. Por eso, cuando piensa en el legado que quisiera dejar, no habla de logros individuales, sino de caminos colectivos.

Quiere que otras mujeres negras puedan llegar a la universidad y encontrar un espacio donde su presencia no sea cuestionada, sino reconocida. Un lugar donde no tengan que pedir permiso para existir.

Porque, como ella misma lo dice con firmeza, su voz tiene el mismo derecho de ser escuchada.
Y esa voz —marcada por la memoria, la dignidad y la ancestralidad— no está dispuesta a callarse.