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“Aquí estoy”, es una frase que Luisa Carmona repite con frecuencia. La pronuncia con calma, pero también con la seguridad de quien sabe exactamente dónde quiere estar. 

Es estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, auxiliar de la Biblioteca y está próxima a graduarse. Su presencia no busca permiso: afirma lugar.

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Ser mujer con discapacidad visual en la universidad implica enfrentarse a múltiples miradas. Algunas cargadas de respeto; otras, atravesadas por la compasión. Con frecuencia —cuenta— las personas con discapacidad son tratadas como si necesitaran ayuda constante, como si su autonomía fuera una excepción.

Luisa es clara: su dignidad no depende de la caridad.

Cuando requiere apoyo, lo solicita. Cuando no lo necesita, espera ser reconocida como cualquier otra estudiante. No quiere sobreprotección; quiere acceso. No pide concesiones; exige garantías.

Para ella, la discusión no se trata de recibir tratos especiales, sino de asegurar que la información, los materiales y las dinámicas académicas sean realmente accesibles. “El sistema educativo debe adaptarse a los estudiantes, no al revés”, afirma. En esa frase hay una postura firme sobre inclusión, respeto y equidad.

En su recorrido ha encontrado docentes dispuestos a ajustar metodologías y acompañar procesos. También ha vivido resistencias. Esa tensión le ha reafirmado algo fundamental: más allá de la ayuda puntual, lo que está en juego es el derecho a decidir y a construir su propio camino.

Trabajar como auxiliar en la Biblioteca ha sido otro espacio de crecimiento y autonomía. Allí aporta desde su conocimiento y demuestra, cada día, que la discapacidad no limita la capacidad de aprender, liderar y transformar.

Ser mujer y tener discapacidad visual no es, para Luisa, sinónimo de fragilidad. Es sinónimo de carácter, disciplina y convicción. Está próxima a graduarse y lo hace sabiendo que su paso por la Universidad también ha abierto conversaciones necesarias sobre inclusión real.

Luisa no busca compasión. Busca reconocimiento.

Y con la seguridad de quien se sabe dueña de su historia, lo afirma sin titubeos:
aquí estoy.