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Elizabeth Rendón Pérez habla con tranquilidad, pero detrás de su voz hay años de esfuerzo, decisiones valientes y amor incondicional. Es higienista oral en la Sección Salud de Bienestar Universitario y lleva cerca de cinco años haciendo parte de la Universidad Nacional. Aquí no solo trabaja: aquí ha construido proyecto de vida.

“Para mí ser mujer significa integridad, responsabilidad, amor y entrega”, dice. Y mientras lo dice, no lo hace desde la teoría, sino desde la experiencia.

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Ser mujer cuidadora, para Elizabeth, es estar un gran reto. Es acompañar procesos de salud, escuchar con paciencia, orientar con calidez. Pero también es ser madre soltera de un niño pequeño que estudia en la Escuela de la Universidad. Es dividir el tiempo con precisión, organizar la vida con intención y, aun así, encontrar espacio para crecer.

En 2021 asumió uno de los retos más grandes de su vida profesional. Se presentó a una convocatoria de méritos y obtuvo el cargo, pero el nombramiento implicaba un cambio importante: debía formarse en odontología. Siendo auxiliar de enfermería, eso significaba volver a estudiar desde cero, reorganizar su tiempo y enfrentar nuevas exigencias académicas mientras sostenía su trabajo y la crianza de su hijo.

Lo hizo sin garantías de que fuera fácil. Hubo momentos de cansancio, incertidumbre económica y desgaste emocional. Sin embargo, nunca consideró rendirse. Hoy lo resume con sencillez, pero con la firmeza de quien lo vivió en carne propia: “Todo lo que uno hace con amor y se lo proyecta en la vida, se logra”.

Trabajar en la Universidad le ha permitido integrar su jornada laboral con la jornada escolar de su hijo. Esa posibilidad, que para muchas mujeres es un privilegio difícil de alcanzar, ha sido fundamental en su bienestar. “He construido de una manera grandiosa mi bienestar y el de mi hijo”, cuenta con gratitud.

Elizabeth también se define como una buena amiga: cercana, leal, dispuesta a acompañar. Esa dimensión afectiva —tan propia de quienes cuidan— atraviesa su manera de estar en el mundo.

Su historia nos recuerda que ser mujer cuidadora implica sostener, proteger y servir, pero también atreverse a estudiar de nuevo, es decir asumir retos y apostar por el crecimiento personal. Que el cuidado no es solo hacia otros, sino también hacia sí misma. Que descansar, formarse y proyectarse también hacen parte de esa fortaleza silenciosa que muchas mujeres encarnan cada día.

Y lo dice con convicción: “Las mujeres sí podemos”.

En su experiencia, el cuidado es una vocación que transforma.