La educación, cuando se ejerce con el alma, deja de ser una transmisión de datos para convertirse en un acto de liberación. Tras 46 años de servicio ininterrumpido a la Escuela UNAL y casi cinco décadas dedicadas a la docencia, la profesora Olga Lucía Cadavid Villegas culmina una etapa que ha dejado una huella imborrable en generaciones de estudiantes. Su retiro no es una renuncia a la profesión, sino la cosecha de una vida dedicada a transformar realidades desde el aula.

*Olga Lucía Cadavid Villegas junto a su esposo y su hijo, quien estudió en la Escuela UNAL y posteriormente cursó su carrera universitaria en la Universidad Nacional de Colombia.
Para la profesora Olga Lucía, estos últimos días han estado cargados de emociones, balance y satisfacción. Con 50 años de trayectoria pedagógica, su mirada siempre fue la de una maestra en constante aprendizaje: desde “alfabetizarse de nuevo” en tecnologías y en el estudio del inglés, hasta defender la presencialidad como el espacio vital donde el niño se reconoce como ciudadano y ser social.
Uno de los legados más significativos de su paso por la Escuela UNAL fue su apuesta por una pedagogía que sacara el aprendizaje más allá de las paredes del aula. Proyectos como “La ciudad, un aula más” permitieron que niñas y niños ampliaran sus horizontes, conocieran otros contextos y comprendieran la ciudad como un escenario de formación ciudadana.
Desde esa convicción, la Escuela se consolidó como un patrimonio educativo, vinculado a la Universidad Nacional de Colombia y a su misión pública. Ese legado pedagógico hoy se proyecta en el crecimiento institucional de la Escuela, que en 2026 amplió su cobertura y aumentó su capacidad de matrícula, pasando de 81 a 92 niños y niñas, un avance que refleja la vigencia del modelo educativo que Olga Lucía ayudó a construir.
Dentro de ese patrimonio, la huerta escolar ocupó un lugar fundamental. Allí, niñas y niños aprendieron trabajando la tierra, en una experiencia que trascendía la academia y fortalecía los vínculos con las familias, quienes celebraban ver a sus hijos llevar la cosecha a casa como fruto de su esfuerzo colectivo.
En la filosofía que Olga Lucía y sus colegas defendieron durante años, el éxito escolar no se mide por la rigidez académica, sino por la felicidad del niño en la escuela. La institución se resistió al academicismo que juzga procesos a edades tempranas y apostó por acompañar los ritmos individuales, con apoyo pedagógico y psicosocial.
Una historia resume esa mirada: la de un niño que en tercer grado aún no sabía leer y solo quería dibujar. Gracias a la flexibilidad institucional, el niño no fue frustrado por el sistema. Hoy es ilustrador de libros, una muestra de cómo educar también es cuidar trayectorias de vida.
Ese espíritu de libertad quedó condensado en una anécdota que Olga Lucía guarda con especial cariño: una niña que, al saber que estaría en su grupo, gritaba desde la ventana: “¡Soy libre, soy libre!”. Para la maestra, ese grito resume una escuela donde los niños se mueven, exploran y aprenden en libertad.
Hoy, la Escuela se proyecta al futuro con el anhelo de completar el ciclo de bachillerato. Se despide de las aulas una maestra que supo manejar la dualidad de ser madre y docente de su propio hijo, Andrés, cuando estudió en la escuela y quien hoy es un magíster egresado con orgullo de la Universidad Nacional de Colombia.
A la profesora Olga Lucía Cadavid Villegas: "Gracias por transformar vidas con entrega y sabiduría". Tu paso por la Escuela UNAL nos recordó que el aula es un territorio de movimiento, respeto y, sobre todo, de inmensa humanidad.
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